Estábamos tan bien, ¿no crees?...
Todo cambió, creo que fue al vernos…
La música de ese autobús, no acompañaba más que al dolor
Te veo sólo por el reflejo.
Ellos están cada vez más felices.
Realmente no sé que me sucede y mucho menos que te sucede a ti.
Porque de un instante a otro dejaste de amarme, de besarme de hablarme.
Me preguntas y te respondo – no sé-
Es un nudo en mi garganta que no se aplaca con el calor de tu corazón.
Lo siento.
De verdad lo siento, era el momento de disfrutar, no de distanciar.
Pensé que no querías hablar, que querías estar sola en tu interior, por eso no te miré, no te besé, no te acaricie, no te hablé.
No quería verte partir, creo que era mejor así, por eso no me despedí…
Pero no lo pude soportar.
Al verte dejarme, baje de mi soledad y corrí detrás de tu amar.
No quise gritar para llamarte, quería sorprenderte, pero la sorpresa fue para mí, al darme cuenta que me había tardado demasiado en recapacitar, porque ya te perdí.
A pesar de no verte por el sendero de tu hogar, te intenté encontrar, pero nada nuevo fue a pasar.
Como un completo idiota me sentí, por dejarte ir sin decirte lo mucho que significas para mí.
Desde ese instante que siento que estoy fuera de mí…
Seguí de vuelta mi viaje; el viaje más raro de mi vida sin ti.
No es la primera vez que recorro este camino, pero es distinta la compañía y el pesar; sólo se igualan las partidas, nada más…
En una, la primera, me acompañó el gozo y la dicha, ahora, la segunda, la pena y la tristeza.
Caminé y caminé, sin nada más que mirar, que mi pasar. Escuchando la música desgarradora del amor; sonetos y versos inspirados en tú y yo.
No me percato de lo rápido que avanzo.
Sólo me enfrenté a la búsqueda de encontrar ojos de misericordia, que necesito hallar, para que me ayuden a entender que fue lo que hice mal.
El viaje estuvo marcado por el frío, el recuerdo, la pena y el dolor; sólo me permitían seguir mis piernas de fuego sobre tu corazón de hielo.
Tanto avanzar y tanto en que pensar.
Miro al cielo para pedir una tregua y me encuentro con ellas, con tu luna y mi estrella.
La primera con un velo blanco hermoso y peculiar, que al mirarla me hacía darme cuenta de su grandeza y mi pequeñez.
La segunda era como aquel lunar en tu bello mirar.
Ambas eran mis cómplices, junto a mi ego y mi música me acompañaron y me aconsejaron venir de vuelta a tu tumba y pedirte…que me perdones mi amor.